Con las nuevas tecnologías que comunican ideas y el comercio electrónico comenzaron los desafíos para las leyes de propiedad intelectual. Mientras estas velan por restringir el uso de las creaciones individuales,

Para el autor, Javier Cremades, la propiedad intelectual es algo del pasado, decimonónico, de los albores de la economía industrial. Hoy por hoy nos movemos en una sociedad económicamente desarrollada y fundamentada en el intercambio.
La propuesta de Cremades consiste en un mundo de territorios comunes, donde todo sea un espacio libre de restricciones. Alegato que resulta utópico en exceso. La ausencia de cualquier clase de control empuja al caos. Entre los despropósitos del autor destaca recompensar los intercambios de conocimiento no con dinero sino moralmente, reconociendo los méritos al sujeto.
Se erige como máximo exponente del movimiento copyleft o procommons. Pareciera ir a destiempo, anclado en los registros cuando estamos inmersos en la inmaterialidad de la revolución digital. Esta reduce todo a ceros y unos.
Europa también va en este asunto a la zaga de Estados Unidos. En el Viejo Continente los derechos de autor son tratados como derechos de la persona.
En la era digital se está tomando una resolución: para combatir a la fotocopiadora universal de contenidos en que se ha convertido la sociedad de la información hay que usar sus propias armas. Una muestra son los sistemas digitales de gestión de derechos (DRM, en inglés).
Por otro lado está el canon digital. Impone un coste extra a los CD virgen y equipos de DVD para compensar al autor por las posibles copias privadas. Más que para eliminar el problema de la piratería servirá para crear otro nuevo al ralentizar el desarrollo de nuestra sociedad.
Sin embargo, Javier Cremades alcanza una conclusión acertada mediante la lógica. La protección total de lo que se digitaliza es inviable. Aceptada esta premisa, la propiedad intelectual si bien no puede abolirse, ha de adaptarse al nuevo ámbito, el de Internet.









